sábado, 24 de octubre de 2015

La Princesa y la Luna.

Erase una vez un mundo cuajado de desencanto  dónde una pequeña princesa  empezaba a crecer en los calabozos de un horrible castillo. Voces extrañas la azotaban cada noche mientras ella jugaba a borbotones sorteando cada nuevo atropello. Y es que la princesa era muy valiente, tan altos eran sus pensamientos que todos los habitantes del reino podían sentirla.
Sin embargo sólo un defecto hacía peligrar sus sueños:  su alma era de cristal. No cesó en su empeño de dejar atrás todas las pesadillas.
Crecía, aprendió los muchos misterios de un mundo aventajado donde lo inmediato jugaba al escondite con lo perecedero y siempre ganaba la partida, un alma de cristal no puede entender los misterios de los hombres, porque resulta que algunos corazones son tan confusos como el tic-tac de un reloj desamparado y sólo el conformismo los empuja a seguir hacia delante.
Algunos de nosotros, súbditos observadores a las puertas de palacio nunca comprenderemos el entresijo de sinsabores que acaecen a aquellos que tienen un alma de cristal, por eso nunca sabremos cómo se conocieron la princesa y la luna. Aquel haz de luz celeste que engatusaba a las niñas soñadoras venía susurrarle cosas al oído cada noche, jugando al pilla pilla conectaban con el deseo de verse la una a la otra.
"Vuelve de entre mis sombras, que quiero verte la cara" clamó desde el cielo una sonrisa de plata. Entonces la Luna, tan caprichosa como constante derribó uno a uno los muros del castillo buscando con celo a la niña hasta reducir a cenizas los cimientos de palacio, ésta se aferró valiente a su luz y dió color a sus mejillas.

"Y ahora que nadie sabe dónde estas te busco entre recuerdos atormentados sin el sonido de tu risa, ojalá la luna nunca se hubiese prendado de tu rubor..." 

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