Dime que has vuelto para que no tenga que volver a pensarte, para que pueda hacer de tí un tachón en mi lista de cosas pendientes.
Yo, la de las marionetas,elegí enterrar esa caricatura de tí mismo allí donde no pudiese siquiera adivinarte. Donde las señales y tu nombre jamás frenansen mi incesasante marcha a un centro en el que encontrar el sol, conocimiento y un sendero que pueda elegir.
¡Tú! Recalcitrante y fingido narcisista, me pertubas enviando anzuelos desde tu ataud, tan ficticiamente seguro, que de tu ingenuidad nace la certera intuición de mi pobre facultad para sentirte.
Enséñame como solo tu puedes, prescindiendo de escondites nihilistas que no aspiran a cubrir más que el eco de tu sombra, la manera más certera de cortar las cadenas que te atan a la grieta por la que una noche de verano te dejé caer.
Descubreme razones por las que quiera manejar tus hilos a mi antojo y no te condene al infierno
¿Qué derecho divino es ese que crees poseer para cuestionar mi criterio, para elucubrar sobre mis decisiones o antojos?
¿Dónde está la indiferecia con la que vestías tu risa de antaño?
No quiero de tí nada mío.
Jura, alza la voz que me sojuzga y grita, que si vuelves, será para quedarte, y que marcharás con la pretensión de volver, entonces yo, me quedaré contigo, aunque sea entre las sombras.
lunes, 13 de septiembre de 2010
jueves, 2 de septiembre de 2010
La Ciudad.
La ciudad me engullía, pero no de esa forma, su ritmo no se asemejaba en absoluto a cualesquiera de las cosas que pudiesen guardar cierto parecido con Manhatam.
Esta vez no.
Me hablaba desde cada esquina, desde cada boca de incendios, me dejaba absorber con los adoquines pisoteados que gemían pidiendo condescendencia.
La ciudad, con su efluvio pausado y abstracto venía a despojarme de mi dignidad y de los pocos años de juventud que aún me quedaban.
Solos entre el murmullo de algo que tenía que ver con la vida, ella y yo. Atrás quedaba el eco de mis pasos y ante mí, un parque adormecido llamaba con boca de bestia.
Entré.
Las caras de estos y aquellos me miraban taciturnos y con un punto de extrañeza en sus ademanes.Todas aquellas caras, todas aquellas soledades, me las imaginaba yo, excéntricas a su modo.
Me fuí, salí de aquel maremoto de césped y naturaleza artificial, para no verme, para no imaginarme siquiera, tan excéntrica como ellos.
El entramado de calles, envoltorios y chicle con sabor a acera entrecruzada me guió hasta el café de turno.
Evidentemente café hasta que los libros pegados, esos que nada tenían ya que enseñar, recluidos en la cárcel de sus estanterías, me hicieron vomitar.
Allí se quedó el café.
Un cigarrillo tras otro, con la complicidad del humo y el papel quemado llegué, siempre en un loco empeño, guiado por ella,hasta la iglesia. Caras tristes, y lágrimas pintadas me sonreían desde los cuadros torcidos de las paredes.
Esta es mi religión, victimismo y cuadros torcidos.
Supe que a los ancianos encojidos en sus asientos no les gustó mi llegada, espero que sí a Dios, No fuí bien recibida, y como a Dios no le vi, me marché por donde había venido.
Esta vez no.
Me hablaba desde cada esquina, desde cada boca de incendios, me dejaba absorber con los adoquines pisoteados que gemían pidiendo condescendencia.
La ciudad, con su efluvio pausado y abstracto venía a despojarme de mi dignidad y de los pocos años de juventud que aún me quedaban.
Solos entre el murmullo de algo que tenía que ver con la vida, ella y yo. Atrás quedaba el eco de mis pasos y ante mí, un parque adormecido llamaba con boca de bestia.
Entré.
Las caras de estos y aquellos me miraban taciturnos y con un punto de extrañeza en sus ademanes.Todas aquellas caras, todas aquellas soledades, me las imaginaba yo, excéntricas a su modo.
Me fuí, salí de aquel maremoto de césped y naturaleza artificial, para no verme, para no imaginarme siquiera, tan excéntrica como ellos.
El entramado de calles, envoltorios y chicle con sabor a acera entrecruzada me guió hasta el café de turno.
Evidentemente café hasta que los libros pegados, esos que nada tenían ya que enseñar, recluidos en la cárcel de sus estanterías, me hicieron vomitar.
Allí se quedó el café.
Un cigarrillo tras otro, con la complicidad del humo y el papel quemado llegué, siempre en un loco empeño, guiado por ella,hasta la iglesia. Caras tristes, y lágrimas pintadas me sonreían desde los cuadros torcidos de las paredes.
Esta es mi religión, victimismo y cuadros torcidos.
Supe que a los ancianos encojidos en sus asientos no les gustó mi llegada, espero que sí a Dios, No fuí bien recibida, y como a Dios no le vi, me marché por donde había venido.
sábado, 28 de agosto de 2010
Malabarista.
A.
A veces.
A veces te.
A veces te extraño.
A veces te extrano tanto.
A veces te extraño tanto que.
A veces te extraño tanto que me.
A veces te extraño tanto que me cuesta.
A veces te extraño tanto que me cuesta respirar.
(Otras no)
Así entre paréntesis te prometo que nunca me gustó la prosa fácil, pero qué le voy a hacer si cuando pienso en tí, me sale solo. No sé pensar en tí y hacerlo difícil.
Y ahora no sé si lo que extraño es lo individual o la idea universal colectiva y como nadie consiguió mantenerme durante tanto, anclada al sentimiento universal solo me quedáis tú y tu felicidad, de la que a veces dudo y me entristezco y en la que a veces confío tanto que, egoista, me entristezco un poco más.
Otras veces no hay duda posible, es tu abrazo, tu voz pausada, tu letanía, la que me conmueve y me equilibra mientras yo, malabarista, cuerda floja y otra vez eco sordo y letras torcidas.
Oscilo y recuerdo, lo que soy, donde estoy, y porque. Acaba la angustia pero me quedan las ganas de ser, y ser contigo. Miedo a ser contigo y no ser.
A sabiendas que de ser contigo nunca sería.
A veces.
A veces te.
A veces te extraño.
A veces te extrano tanto.
A veces te extraño tanto que.
A veces te extraño tanto que me.
A veces te extraño tanto que me cuesta.
A veces te extraño tanto que me cuesta respirar.
(Otras no)
Así entre paréntesis te prometo que nunca me gustó la prosa fácil, pero qué le voy a hacer si cuando pienso en tí, me sale solo. No sé pensar en tí y hacerlo difícil.
Y ahora no sé si lo que extraño es lo individual o la idea universal colectiva y como nadie consiguió mantenerme durante tanto, anclada al sentimiento universal solo me quedáis tú y tu felicidad, de la que a veces dudo y me entristezco y en la que a veces confío tanto que, egoista, me entristezco un poco más.
Otras veces no hay duda posible, es tu abrazo, tu voz pausada, tu letanía, la que me conmueve y me equilibra mientras yo, malabarista, cuerda floja y otra vez eco sordo y letras torcidas.
Oscilo y recuerdo, lo que soy, donde estoy, y porque. Acaba la angustia pero me quedan las ganas de ser, y ser contigo. Miedo a ser contigo y no ser.
A sabiendas que de ser contigo nunca sería.
martes, 24 de agosto de 2010
Lo inusitado del optimismo
Siempre lo supiste, nada tenía que ver con la reminiscencia:
El mundo te pertenecía.
Al nacer ya rasgabas el círculo de un destino implacable.
Te abriste paso como se expanden los rayos de sol ante el otoño reiterativo,cargado de melancolía.
Vomitaste añoranza, sonrisas y desencanto para encontrar metáforas en libros descosidos, y anquilosados.
La orma de tus zapatos no es otra que el largo camino que algunos han recorrido solo para llegar hasta tí.
Bien podrá sonreir o no, la suerte, sin más efecto que el de una brisa efímera que juró ser huracán, porque si se confunden, si se superponen lo fines, nada quedará del círculo que alguna vez rompiste, se desvanecerá la diferencia marcada en la bruma de Octubre así como la llama de todos aquellos que te iluminan.
Nada quedará cuando te encuentres perdido en laberintos mundanos fundados en la falsa esperanza de una estabilidad ilícita, que no es más que conformismo ante toda declaración de impotencia emocional e intelectual.
Con los ojos cerrados cambiaría la condescendencia de la ignorancia por el peso del conocimiento, la seguridad del amor por el miedo del enamorado, la felicidad por el saber, por esas, todas las palabras que no se han escrito.
El mundo te pertenecía.
Al nacer ya rasgabas el círculo de un destino implacable.
Te abriste paso como se expanden los rayos de sol ante el otoño reiterativo,cargado de melancolía.
Vomitaste añoranza, sonrisas y desencanto para encontrar metáforas en libros descosidos, y anquilosados.
La orma de tus zapatos no es otra que el largo camino que algunos han recorrido solo para llegar hasta tí.
Bien podrá sonreir o no, la suerte, sin más efecto que el de una brisa efímera que juró ser huracán, porque si se confunden, si se superponen lo fines, nada quedará del círculo que alguna vez rompiste, se desvanecerá la diferencia marcada en la bruma de Octubre así como la llama de todos aquellos que te iluminan.
Nada quedará cuando te encuentres perdido en laberintos mundanos fundados en la falsa esperanza de una estabilidad ilícita, que no es más que conformismo ante toda declaración de impotencia emocional e intelectual.
Con los ojos cerrados cambiaría la condescendencia de la ignorancia por el peso del conocimiento, la seguridad del amor por el miedo del enamorado, la felicidad por el saber, por esas, todas las palabras que no se han escrito.
domingo, 22 de agosto de 2010
Analogía del color
He conocido el neutro celeste,la enajenación del amarillo,
Me he desquiciado con el turquesa en plena lluvia de azules matemáticos.
Vibré con el rojo, un gemido en los lábios, mientras me bailaba entre las yemas de los dedos el lápiz de cualquier anatomía.
Te coloreo con ceras de las gruesas y definitivamente sé que te pega el verde, no por el pelo ni mucho menos por la esperanza, es por que el verde es un color muy así, o encaja o no encaja.
Y da igual que no te guste, yo te pinto de verde como me pinto de gris y de naranja, porque no todo van a ser nubes.
Te pinto de verde por el metódico uso del desencuentro, por la fragilidad de las novedades que se deslizan con la rapidez del viento hasta la rutina, hasta el hastío de la más vulgar letanía.
Y te pinto de verde como el rojo de los daltónicos, que es y nunca será, que mirará por encima del hombro sabiendose reconocido solo por unos pocos sonreidos por la genética.
Camufla bien los colores o muestralos con desenfado, que siempre cabe la posibilidad de que te acusen de azul los ojos cualquier miope limítrofe, que pueda juntar más de tres palabras, mostrando así la cualidad irrefutable de la mejor dialectica: lo que se pinta de azul, azul se queda.
Me he desquiciado con el turquesa en plena lluvia de azules matemáticos.
Vibré con el rojo, un gemido en los lábios, mientras me bailaba entre las yemas de los dedos el lápiz de cualquier anatomía.
Te coloreo con ceras de las gruesas y definitivamente sé que te pega el verde, no por el pelo ni mucho menos por la esperanza, es por que el verde es un color muy así, o encaja o no encaja.
Y da igual que no te guste, yo te pinto de verde como me pinto de gris y de naranja, porque no todo van a ser nubes.
Te pinto de verde por el metódico uso del desencuentro, por la fragilidad de las novedades que se deslizan con la rapidez del viento hasta la rutina, hasta el hastío de la más vulgar letanía.
Y te pinto de verde como el rojo de los daltónicos, que es y nunca será, que mirará por encima del hombro sabiendose reconocido solo por unos pocos sonreidos por la genética.
Camufla bien los colores o muestralos con desenfado, que siempre cabe la posibilidad de que te acusen de azul los ojos cualquier miope limítrofe, que pueda juntar más de tres palabras, mostrando así la cualidad irrefutable de la mejor dialectica: lo que se pinta de azul, azul se queda.
domingo, 8 de agosto de 2010
El deshielo del Ártico
Cuando me fijo, lo que la mano sostiene es más un ladrillo rojizo que una piedra con clase, decido que dado el fin, el medio me importa un carajo.
Lo lanzo contra el espejo, que no es espejo sino una superficie grisácea de mar edulcorado y mugriento salpicado de pasta de dientes.
La puntería es solo cosa de sueños y aquí, ahora, el centro queda tan lejos como cuando el mediterraneo era azul y con suerte me da para alcanzar diez centímetros dentro del borde.
(Todo, absolutamente todo, es un doble o triple sentido)
Cadenciosamente una grieta cobra vida y astillas color cristal metalizado vuelan en todas direciones en oleadas de vanidad sin alcanzar a rozar siquiera el indiferente disfráz de disfrazada indiferencia que de tan extravagante no sabe ser otra cosa que vulgar.
El ladrillo que quiso ser piedra cae al suelo y se mimetiza con las valdosas del portal.
Cruce de piernas, vidrio por doquier y fin del espectáculo.
Un teléfono que no suena y el arrojo-casualidad de pretender siete años de mala suerte.
Lo lanzo contra el espejo, que no es espejo sino una superficie grisácea de mar edulcorado y mugriento salpicado de pasta de dientes.
La puntería es solo cosa de sueños y aquí, ahora, el centro queda tan lejos como cuando el mediterraneo era azul y con suerte me da para alcanzar diez centímetros dentro del borde.
(Todo, absolutamente todo, es un doble o triple sentido)
Cadenciosamente una grieta cobra vida y astillas color cristal metalizado vuelan en todas direciones en oleadas de vanidad sin alcanzar a rozar siquiera el indiferente disfráz de disfrazada indiferencia que de tan extravagante no sabe ser otra cosa que vulgar.
El ladrillo que quiso ser piedra cae al suelo y se mimetiza con las valdosas del portal.
Cruce de piernas, vidrio por doquier y fin del espectáculo.
Un teléfono que no suena y el arrojo-casualidad de pretender siete años de mala suerte.
viernes, 9 de julio de 2010
Joder, Puta.
Te deseo mil cosas, y entre ellas, las peores del mundo.
Joder, zorra, joder.
Te admiro por ser como eres, una auténtica puta. Una adicta al sabor de las pollas, la avenida más cercana a la falsa sensación de un orgasmo fingido.
Te conozco por como eres, una estrecha bruja de malas influencias, notoria abogada de las más crudas sentencias.
Te odio por como eres, una estúpida ególatra, que de tener, poco mantiene. Y si aún lo conserva, qué suerte tiene, pues de pocas el miedo siente que de tan miles que conozca, la suya sea la siguiente (coño, qué mentira más cruel mentir en algo tan evidente).
Y sin embargo te quiero, por como sientes. O por como piensas. Pues al menos te sabes sacar las manos de fuego sirviéndote de la cabeza de un ameno, pues es algo que no duele. A ti, ¿verdad?
Sigamos con lo siguiente.
Te deseo.
El mal. Y todo lo que con ello conlleva. La poca dicha. La muerte. Quiero acabar contigo y con lo que significas, tu maldita parodia de un perfecto sentimiento de lírica breve.
Muere, muere, muere.
Te dedico lo más sutil, lo único en lo que pienso, lo que de verdad puedo escribir cuando escribo. Lo que pienso, y no miento.
Ya te posean los demonios, y te violen. Te penetren con sus penes erectos sin misericordia. Te empalen contra la pared más recia y te duela (y disfrutes, perra).
Muere, muere, muere.
Los ojos arrancados de tu cabeza, una deslumbrante visión de belleza. Observa como eres violada por tu propia pasión, y de como la mentira te convierte en su esclavo, mi amante princesa.
Muere, muere, muere.
Te deseo lo peor del mundo, y aún así, muerta ya seas.
-Álvaro Gallego-
"Y lo siento tanto, tan cerca..."
Joder, zorra, joder.
Te admiro por ser como eres, una auténtica puta. Una adicta al sabor de las pollas, la avenida más cercana a la falsa sensación de un orgasmo fingido.
Te conozco por como eres, una estrecha bruja de malas influencias, notoria abogada de las más crudas sentencias.
Te odio por como eres, una estúpida ególatra, que de tener, poco mantiene. Y si aún lo conserva, qué suerte tiene, pues de pocas el miedo siente que de tan miles que conozca, la suya sea la siguiente (coño, qué mentira más cruel mentir en algo tan evidente).
Y sin embargo te quiero, por como sientes. O por como piensas. Pues al menos te sabes sacar las manos de fuego sirviéndote de la cabeza de un ameno, pues es algo que no duele. A ti, ¿verdad?
Sigamos con lo siguiente.
Te deseo.
El mal. Y todo lo que con ello conlleva. La poca dicha. La muerte. Quiero acabar contigo y con lo que significas, tu maldita parodia de un perfecto sentimiento de lírica breve.
Muere, muere, muere.
Te dedico lo más sutil, lo único en lo que pienso, lo que de verdad puedo escribir cuando escribo. Lo que pienso, y no miento.
Ya te posean los demonios, y te violen. Te penetren con sus penes erectos sin misericordia. Te empalen contra la pared más recia y te duela (y disfrutes, perra).
Muere, muere, muere.
Los ojos arrancados de tu cabeza, una deslumbrante visión de belleza. Observa como eres violada por tu propia pasión, y de como la mentira te convierte en su esclavo, mi amante princesa.
Muere, muere, muere.
Te deseo lo peor del mundo, y aún así, muerta ya seas.
-Álvaro Gallego-
"Y lo siento tanto, tan cerca..."
Suscribirse a:
Entradas (Atom)