domingo, 22 de febrero de 2015
Parte v: Instante.
“Te tendré que matar cien veces, yo con mi única vida”.
“¿Por qué no me matas, chiquita?” debí matarte tantas veces como noches, debí cercenar tu cerebro y apabullarte con ideas raras. En nuestro juego, yo formaba parte de una banda de forajidos, y tú llevabas como un guante el papel de renegado. Ciertamente, no se me ocurre que pudieras ser otra cosa.
` Chiquita´, qué tontería, lo repetiste esta noche una y otra vez, con tu naturalidad implícita, me mirabas, mientras caía el rocío de tu sonrisa y yo me sentía a cada vez más y más pequeña. Y es en ese definirme que me siento extraña, como que la normalidad del gesto me asusta, siempre me sucede, que contigo el fenómeno de distanciamiento se multiplica, y nada es como podría. Quisiste contarme algo importante por el camino, pero no te dejó mi total y absurda dispersión. Pero sé cómo te sientes, tiene que ser horrible eso de cambiar de vida a cada paso.
Realmente volviste a por mí, y todas tus miradas me atravesaban, tan cerca en ese ascensor tan pequeño que te ponía nervioso hasta a ti. Es curioso cuando veo cómo no te vas del todo.
Me abrazas, te digo que te peines y me lo has repetido tantas veces que haces que me lo crea del todo: “Pero vuelvo, chiquita”.
Te espero, idiota.
jueves, 12 de febrero de 2015
Parte III: La realidad.
"Ninguna novedad en esa sed y esa sospecha, pero sí un desconcierto cada vez más grande"
Como el caer de una losa en un jardín de adoquines y sus mil trocitos expandiéndose en infinitas partes de milésimas de agudo. Generando un enorme confusión entre las notas agrietadas que se despliegan despertándome entre las nubes. Amotinándome en el clavo ardiendo de tu boca observo el descaro de tu ropa desperdigada por mi habitación.
Casi parece que se te quita el miedo, solo a veces.
Y cambia la monotonía desdibujada para ser otra cosa que tiene el color de todo lo que empieza, de un enormísimo desconcierto entre mis sábanas sucias.
Todo complicadísimo, un conjuro que una mano negra alguna vez rozó mi espalda para mirarte en un primer proceso de revelación, convirtiéndose después en el mayor de los extrañamientos posibles, allí donde se escribe, en ese limbo de la duermevela.
Es en ese preciso punto donde creo se requiere, un giro de acontecimientos enfocado hacia lo que será porque ésta no es la forma de dibujar un contorno plausible.
Y eso es lo que hay, un espejismo de buena mañana, sin saber hacia dónde arrancarán mis pasos cuando te hayas ido. Sin saber si volverás a dejarme despertarte en silencio, en el centro de nuestra vorágine enmarañada dónde siempre faltarán epítetos para tu abrazo desaventajado.
domingo, 8 de febrero de 2015
parte II El adiós del aire
Me despedí un poco a mi manera, sin contar demasiado con tu opinión,
y saltándome algunos principios básicos del decoro. Me despedí sin ganas contando
las galaxias de tu espalda y montando archipiélagos entre tus omóplatos, sin
saber, si al volver mi habitación se habría dado la vuelta saltando febrilmente
hasta la siguiente hoja de esta historia.
Sin conocer, ciertamente, si al volver y entonces tú. Tú y tus respuestas vanas, agrietadas con el sabor de una boca extranjera, de una poesía sin terminar y un recuerdo de los que se quedan con ganas.
Sin embargo mañana, mañana y tú, todo mi peso en la recaída, pero ciegamente remando en una patera sin patria ni bandera, un blasón desbordado entre el talento de esa otra autoridad. tampoco hay naufragio a la vista en el devenir incurable de las olas y la calentura, solo el mar con su terrible azul clavándose en el frío de tus ojos.
Sin conocer, ciertamente, si al volver y entonces tú. Tú y tus respuestas vanas, agrietadas con el sabor de una boca extranjera, de una poesía sin terminar y un recuerdo de los que se quedan con ganas.
Sin embargo mañana, mañana y tú, todo mi peso en la recaída, pero ciegamente remando en una patera sin patria ni bandera, un blasón desbordado entre el talento de esa otra autoridad. tampoco hay naufragio a la vista en el devenir incurable de las olas y la calentura, solo el mar con su terrible azul clavándose en el frío de tus ojos.
jueves, 5 de febrero de 2015
Todo aire, todo agua.
Te
imagino, todo aire, todo agua, como la metamorfosis de una nube magistralmente
hermosa, en el centro, en el huracán de
la lluvia que empapa el calor de las noches oscuras.
Quién sabe cuánto de lejos quedará entonces todo lo demás o si algo importará luego.
¿Qué se nos escapa del carpe diem si más tarde todo se repetirá hasta la agonizante súplica de lo cíclico?
Quiero llamar a la cordura y buscar tan solo un argumento que deje de antemano la incesante insensatez de seguir tropezando con el mismo guijarro destartalado.
“Uno no puede elegir la lluvia que le va calar hasta los huesos después de un concierto, comme on pas le choix qui nous reste le coeur". Quizás se trate de una reminiscencia extrañamente marchita dónde tan solo tu nombre me recuerda a otros lugares, a otra época.
Era el conjunto más fascinante de casualidades que nunca conocí poco despierto, despertaba lentamente y mi desvelo juraba que su libertad sería nuestra.
Era un conjunto catastrófico, un secreto a voces de su complicada existencia, y sin embargo apenas si se atrevía a mirarme a los ojos, cuando ensimismado salía lentamente de su mundo para observarme desde lejos como una lluvia suave en medio de una mañana nublada, un par de frases elegidas al azar y cada vez que llegaba todo empezaba a ser diferente, un tinte raro como de posibilidad, se disfrazaba de juego sin azar. Sin demasiado tino, yo trataba de atinar en su encanto pero parecía que nunca terminara de acertar en la diana, solo en parte y muy de vez en cuando. Todo llegará, por descontado, como una conexión extraña entre las partes que se unen. No tanto ya, cargado de extraño misticismo con el que se impregnan mis dudas, sino como una declaración ante la no extrañeza, ante la constatación de un hecho implícito
.
Quién sabe cuánto de lejos quedará entonces todo lo demás o si algo importará luego.
¿Qué se nos escapa del carpe diem si más tarde todo se repetirá hasta la agonizante súplica de lo cíclico?
Quiero llamar a la cordura y buscar tan solo un argumento que deje de antemano la incesante insensatez de seguir tropezando con el mismo guijarro destartalado.
“Uno no puede elegir la lluvia que le va calar hasta los huesos después de un concierto, comme on pas le choix qui nous reste le coeur". Quizás se trate de una reminiscencia extrañamente marchita dónde tan solo tu nombre me recuerda a otros lugares, a otra época.
Era el conjunto más fascinante de casualidades que nunca conocí poco despierto, despertaba lentamente y mi desvelo juraba que su libertad sería nuestra.
Era un conjunto catastrófico, un secreto a voces de su complicada existencia, y sin embargo apenas si se atrevía a mirarme a los ojos, cuando ensimismado salía lentamente de su mundo para observarme desde lejos como una lluvia suave en medio de una mañana nublada, un par de frases elegidas al azar y cada vez que llegaba todo empezaba a ser diferente, un tinte raro como de posibilidad, se disfrazaba de juego sin azar. Sin demasiado tino, yo trataba de atinar en su encanto pero parecía que nunca terminara de acertar en la diana, solo en parte y muy de vez en cuando. Todo llegará, por descontado, como una conexión extraña entre las partes que se unen. No tanto ya, cargado de extraño misticismo con el que se impregnan mis dudas, sino como una declaración ante la no extrañeza, ante la constatación de un hecho implícito
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miércoles, 26 de noviembre de 2014
Historias de escaleras.

Las historias de filósofos son siempre historias de escaleras. Peldaños en los que uno, con una pizca de irónico cinísmo y otro poco de lo de más allá va lidiando con sus ascensos y descensos entre el esceptiticismo más febril y la metafísica más convulsa. Y por que, a parte de pensarse subiendo y bajando metafóricas escaleras uno se sienta a liarse un cigarro en ellas día sí y día tambien.
Yo por entonces no sabía nada de todo aquello ni de ninguna otra cosa, estaba echando a suertes mi matrícula en la universidad, lavando mi camisa sucia y, por supuesto, sentandome en las escaleras de debajo de las ventanas. De lejos miraba aquel grupo de " sabemos a lo que venimos" y sin atreverme siquiera a sonreir observaba tu chaqueta de pana, venida a menos, de otros lados y de otra época. Tengo que decir que me pareció, la prenda más fantalubosa y estupéndica de mi nueva realidad..
Demasiado poco a poco -Que no me vean, que por favor no lo entiendan- mi mundo se hizo vuestro, y compartimos más de un cigarro entre las horas muertas y el sol en las barandillas. Y así llegaron la Ontología, el Utilitarismo, y también tu guitarra, y el altar en el que te subí con tus matrículas de honor, tus embelesarme en el desliz de una mano a cada acorde y mi pensar que yo siempre ando por debajo de.
Tu amistad era aquel regalo que me hizo el destino cuando aposté por la filosofía y descubrí el tópico de los bombines a medio lado.
Nunca sonrisas como las de tus conciertos.
Luego se derrumbaron todos mis edificicios y me arranqué aquel sentimentalismo tan mío para tirarlo despues por la taza del water. También quise que tú cayeras y que se acabasen los colores de mis cajas caramelos y las noches con los filólosofos en nuestro piso destartalado.
"Yo no perdono ni olvido".
Sin olvidar salí corriendo para escuchar tus canciones detrás de las puertas, detrás de cada espejo entornado y entonado con tu voz.
Y volvimos a vernos sin saludarnos cada mañana. Y volvimos a encontrarnos en esas noches de cualquiera. Tanto tiempo calló nuestras voz, que cayeron nuestros desencuentros.
Con el instante en los lábios y un par de cervezas de más llegaron en nuestro último año los besos a escondidas en el "Cómo hemos llegado hasta aquí", los susurros de buscarte bajo las sábanas entre las bibliotecas. Ese "hasta mañana" y el no quedarte a dormir porque entonces, ellos, lo sabrían.
Que conste, nunca hablamos de amor.
Y ahora, que has elegido la otra punta del universo para ir a tocar la guitarra, yo extraño los pocos acordes que despertabas en mi ombligo, y me repito, que no, que nunca y menos contigo, y olvido que jamás se habló , y menos de amor, si no de otra cosa, de esa magia de platos rotos y encuentros imposibles.
Ojalá embeleses al mundo con tu música de lugares comunes, y me dejes buscarte un poco más allá de mis recuerdos en los que Granada se quedaba corta entre tus manos.
Descubrirte cada mañana en nuestras escaleras, con tu chaqueta de pana y tus voces del sur.
viernes, 19 de abril de 2013
El aire de tus dedos
Y aquí estoy otra
vez, recordando que el día que conocí al chico de las casualidades lo mismo
hacía sol que de repente llovía, tronaba
incluso.
Ahora, hace casi un año aún recuerdo su ingenuidad y sus ganas de enseñarme un mundo construido a base de barras y estrellas. Un mundo al que yo jamás perteneceré.
Siempre recuerdo cómo se marchó en medio de una mañana nublada. Yo, que para muchas cosas voy antes de tiempo, también abandoné la estación precipitadamente, con bastante antelación respecto del tren.
Y es que la despedida me resonaba como el caer de una losa, y no pude contener lo que era casi un vaticinio del diluvio con el que amenazaba la bruma de esa mañana.
Y siempre que por aquí vuelve a llover recuerdo como cortaban el aire sus dedos y como sentía su cariño en medio de todas mis contradicciones. Y es que veréis, el chico de las casualidades aparece siempre que algo va mal y siempre que abruma la tristeza. No sé si él lo sabe pero consigue arrancarme ese llanto que sonríe en medio de mis desvelos. Y es tan dulce su ternura que odio que el amor se me presente como no quiero y entonces casi parece una tortura autoinflingida.
Porque es cierto que podría refugiarme en lo que una vez sentí estando a su lado. Egoístamente inventarme mi castillo y juntar ganas para despegar y partir a conocer la tierra de las oportunidades. Pero no. No puede ser porque conocí a alguien que nunca está cuando estoy triste y tampoco sabe que provoca la mayoría de mis lágrimas. Si fuese consciente de ello, seguro que huiría lo más lejos posible hasta alcanzar otros puertos donde desnudarse. Porque a él detesta a los que lloran sin motivos, Si bien yo tengo los míos, hay una especie de muro que hace que no los comprenda.
Y quizás nunca entienda que le quiero tanto que ni los sueños pueden competir con él.
Por eso es por lo que a veces se me olvida que el chico de las casualidades quiso coincidir conmigo cuando yo, todavía no pasaba por allí.
Ahora, hace casi un año aún recuerdo su ingenuidad y sus ganas de enseñarme un mundo construido a base de barras y estrellas. Un mundo al que yo jamás perteneceré.
Siempre recuerdo cómo se marchó en medio de una mañana nublada. Yo, que para muchas cosas voy antes de tiempo, también abandoné la estación precipitadamente, con bastante antelación respecto del tren.
Y es que la despedida me resonaba como el caer de una losa, y no pude contener lo que era casi un vaticinio del diluvio con el que amenazaba la bruma de esa mañana.
Y siempre que por aquí vuelve a llover recuerdo como cortaban el aire sus dedos y como sentía su cariño en medio de todas mis contradicciones. Y es que veréis, el chico de las casualidades aparece siempre que algo va mal y siempre que abruma la tristeza. No sé si él lo sabe pero consigue arrancarme ese llanto que sonríe en medio de mis desvelos. Y es tan dulce su ternura que odio que el amor se me presente como no quiero y entonces casi parece una tortura autoinflingida.
Porque es cierto que podría refugiarme en lo que una vez sentí estando a su lado. Egoístamente inventarme mi castillo y juntar ganas para despegar y partir a conocer la tierra de las oportunidades. Pero no. No puede ser porque conocí a alguien que nunca está cuando estoy triste y tampoco sabe que provoca la mayoría de mis lágrimas. Si fuese consciente de ello, seguro que huiría lo más lejos posible hasta alcanzar otros puertos donde desnudarse. Porque a él detesta a los que lloran sin motivos, Si bien yo tengo los míos, hay una especie de muro que hace que no los comprenda.
Y quizás nunca entienda que le quiero tanto que ni los sueños pueden competir con él.
Por eso es por lo que a veces se me olvida que el chico de las casualidades quiso coincidir conmigo cuando yo, todavía no pasaba por allí.
lunes, 18 de marzo de 2013
Me abstengo de confesar que en más una noche me he desvelado
ahogada en el pozo de tus ojos, empapada
en el anhelo de esa media luna que se dibuja en tu boca.
Agobiada por el peso de las sábanas inertes.
Desenfundar el bisturí, sentir como me arde la sangre al diseccionarte, buscar un eje sobre el que rotar todas mis ganas de conocimientos porque hace mucho que dejó de bastarme con solo tu cuerpo.
Y me hierve la rabia del fundir caramelos cuando te imagino sentado entre los rescoldos que deja mi ausencia en medio de esas huidas a ninguna parte.
¿Dónde se guardan las cosas que no me quieres contar?
será que se las queda tu olvido en el devenir de mis te quieros.
“Te quiero.”
-Pienso-
Agobiada por el peso de las sábanas inertes.
Desenfundar el bisturí, sentir como me arde la sangre al diseccionarte, buscar un eje sobre el que rotar todas mis ganas de conocimientos porque hace mucho que dejó de bastarme con solo tu cuerpo.
Y me hierve la rabia del fundir caramelos cuando te imagino sentado entre los rescoldos que deja mi ausencia en medio de esas huidas a ninguna parte.
¿Dónde se guardan las cosas que no me quieres contar?
será que se las queda tu olvido en el devenir de mis te quieros.
“Te quiero.”
-Pienso-
“Y podría repétirtelo
hasta el infinito.
300 veces en un solo día.
Pero no parece que sea suficiente,
nada más lejos que un tópico
en la degeneración espontánea que sufre mi voz.
Una alegoría rota, un juego,
una mentira que se dibuja en el humo que aspiras.
Y puedo vomitarlo, toserlo en tus entrañas
Y después de todo eso ni siquiera supondrá
una pequeña parte de lo que mueve en mi pecho
al sentirte aquí.
Pero siempre inaccesible.
Tan lejos que mi razón no te alcanza.
Tan cerca que mi corazón se quema
y eres un extraño en mis labios.
Un acertijo por desmontar”
Magistralmente, juego a las adivinanzas con tus sueños mientras me balanceo en la cuerda floja de tus pupilas. En la bruma que te pinta el semblante todo eso que no dices y que a mí se me hunde en el alma. Y me pierdo entre las escaleras que me invento para alcanzarte o descenderte o que se yo.
Me saturo de manuales de genética, de explicaciones difusas y del miedo al silencio.
Me invento mis propio arsenal de pasiones y ni todas las definiciones del mundo serán suficientes para convencerte de que de me digas la verdad.
La certidumbre que se torna difusa, subjetiva.
En el centro, mis manos que esculpen caricias en tu espalda cuajada de distancia cuando te das la vuelta para desandarme.
Y yo, volviéndome loca en el miedo a la locura que se deja entrever en tu imaginación desbocada. Desocultando tus palabras y jurando que no volverá a suceder,
Buscando resquicios para tocarte el corazón y demostrar que valgo lo suficiente como para que me aceptes como ese alguien especial que quiere esculpir codo con codo tu vida, buscando ese hueco que te toque el corazón y me pidas que me quede a tu lado.
Y mientras tú, pensándome como princesa e inquisidora. Una niña que no será capaz de hablarte como una mujer. Que nunca encajará bien el siguiente golpe.
Y nosotros, queriéndonos sin querer un poco más a cada día que pasa. Dándole una lección al mundo cada vez que hacemos el amor y gimiendo como si cada aliento fuese el último. Rompiendo clichés estúpidos sobre parejas, putas y chocolate. Saliendo cada tarde, desafiando a occidente olvidando los pronombres, perdidos en medio de nuestro naufragio, creando nubes, aferrados a cada rayo de sol que se filtra entre nuestras manos desnudas.
300 veces en un solo día.
Pero no parece que sea suficiente,
nada más lejos que un tópico
en la degeneración espontánea que sufre mi voz.
Una alegoría rota, un juego,
una mentira que se dibuja en el humo que aspiras.
Y puedo vomitarlo, toserlo en tus entrañas
Y después de todo eso ni siquiera supondrá
una pequeña parte de lo que mueve en mi pecho
al sentirte aquí.
Pero siempre inaccesible.
Tan lejos que mi razón no te alcanza.
Tan cerca que mi corazón se quema
y eres un extraño en mis labios.
Un acertijo por desmontar”
Magistralmente, juego a las adivinanzas con tus sueños mientras me balanceo en la cuerda floja de tus pupilas. En la bruma que te pinta el semblante todo eso que no dices y que a mí se me hunde en el alma. Y me pierdo entre las escaleras que me invento para alcanzarte o descenderte o que se yo.
Me saturo de manuales de genética, de explicaciones difusas y del miedo al silencio.
Me invento mis propio arsenal de pasiones y ni todas las definiciones del mundo serán suficientes para convencerte de que de me digas la verdad.
La certidumbre que se torna difusa, subjetiva.
En el centro, mis manos que esculpen caricias en tu espalda cuajada de distancia cuando te das la vuelta para desandarme.
Y yo, volviéndome loca en el miedo a la locura que se deja entrever en tu imaginación desbocada. Desocultando tus palabras y jurando que no volverá a suceder,
Buscando resquicios para tocarte el corazón y demostrar que valgo lo suficiente como para que me aceptes como ese alguien especial que quiere esculpir codo con codo tu vida, buscando ese hueco que te toque el corazón y me pidas que me quede a tu lado.
Y mientras tú, pensándome como princesa e inquisidora. Una niña que no será capaz de hablarte como una mujer. Que nunca encajará bien el siguiente golpe.
Y nosotros, queriéndonos sin querer un poco más a cada día que pasa. Dándole una lección al mundo cada vez que hacemos el amor y gimiendo como si cada aliento fuese el último. Rompiendo clichés estúpidos sobre parejas, putas y chocolate. Saliendo cada tarde, desafiando a occidente olvidando los pronombres, perdidos en medio de nuestro naufragio, creando nubes, aferrados a cada rayo de sol que se filtra entre nuestras manos desnudas.
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