sábado, 28 de febrero de 2015

Parte IV La normalidad

“Y mirá que apenas nos conocíamos y ya la vida urdía lo necesario para desencontrarnos minuciosamente”.
Es curioso cómo se disfraza el mundo de atropellos, cuando a veces, todo es tan sencillo que cuesta imaginarlo de otra forma. Nos besamos, como un hasta luego, espontáneo, sin cautela, como si besarse fuese parte de la rutina en un pasillo inundado de bolsas de basura,  de zapatillas y percheros abarrotados con el devenir de chaquetones desfasados. Como si el gesto fuese lo más sencillo en un ataque nuclear, te acercas, y en tu abrazo, no quedan restos de otra cosa.
Son mis decisiones lo que tengo que sentir, y en un ataque loco de la furia de mi bola de cristal lo supe con certeza, estabas condenado al delirio de sentirte libre a mi lado, al delirio de mis manos en tu ombligo, a no querer marcharte,  a la libertad de mis platos rotos y mis noches en vela.  A mi círculo de andar buscándome entre las madrugadas.
Que digan todo aquello que quieran decir, te he sentido a mi lado cada mañana, he sentido tu discordia y tus desenfrenos. “Te siento temblar junto a mí, como una luna en el agua”.
 Y es mi mano,  quien no acepta consejos,  la que se parte en la parte de tu alma que anda muriéndose de miedo mirando de bruces a la soledad.
Mi mano, jugando en tu ombligo, mi mano en tu mano. Y un beso largo, carente de pánico escénico, en el centro de todo ese plástico resonando extraño, cuando lo que sí que era extrañamente extravagante, era lo otro, aquello que juraba ser todo lo demás.

domingo, 22 de febrero de 2015

Parte v: Instante.


“Te tendré que matar cien veces, yo con mi única vida”.
“¿Por qué no me matas, chiquita?” debí matarte tantas veces como noches, debí cercenar tu cerebro y apabullarte con ideas raras. En nuestro juego, yo formaba parte de una banda de forajidos, y tú  llevabas como un guante el papel de renegado.  Ciertamente, no se me ocurre que pudieras ser otra cosa.
` Chiquita´, qué tontería, lo repetiste esta noche una  y otra vez, con tu naturalidad implícita, me mirabas, mientras caía el rocío de tu sonrisa y yo me sentía a cada vez más y más pequeña.  Y  es en ese definirme que me siento extraña,  como que la normalidad  del gesto me asusta, siempre  me sucede, que contigo el fenómeno de distanciamiento se multiplica, y nada es como podría.  Quisiste contarme algo importante por el camino, pero no te dejó mi total y absurda dispersión. Pero sé cómo te sientes, tiene que ser horrible eso de cambiar de vida a cada paso.
Realmente volviste a por mí, y todas tus miradas me atravesaban, tan cerca en ese ascensor tan pequeño que te ponía nervioso hasta a ti. Es curioso cuando veo cómo no te vas del todo.
Me abrazas, te digo que te peines  y me lo has repetido tantas veces que haces que me lo crea del todo: “Pero vuelvo, chiquita”.
Te espero, idiota.

jueves, 12 de febrero de 2015

Parte III: La realidad.


"Ninguna novedad en esa sed y esa sospecha, pero sí un desconcierto cada vez más grande"
Como el caer de una losa en un jardín de adoquines y sus mil trocitos expandiéndose en infinitas partes de milésimas de agudo. Generando un enorme confusión entre las notas agrietadas que se despliegan despertándome entre las nubes. Amotinándome en el clavo ardiendo de tu boca observo el descaro de tu ropa desperdigada por mi habitación.
Casi parece que se te quita el miedo, solo a veces.
Y cambia la monotonía desdibujada para ser otra cosa que tiene el color de todo lo que empieza, de un enormísimo desconcierto entre mis sábanas sucias.
Todo complicadísimo,  un conjuro que una mano negra alguna vez rozó mi espalda para mirarte en un primer proceso de revelación, convirtiéndose después en el mayor de los extrañamientos posibles, allí donde se escribe, en ese limbo de la duermevela.
Es en ese preciso punto donde creo se requiere, un giro de acontecimientos enfocado hacia lo que será porque ésta no es la forma de dibujar un contorno plausible.
Y eso es lo que hay, un espejismo de buena mañana, sin saber hacia dónde arrancarán mis pasos cuando te hayas ido. Sin saber si volverás a dejarme despertarte en silencio, en el centro de nuestra vorágine enmarañada dónde siempre faltarán epítetos para tu abrazo desaventajado.

domingo, 8 de febrero de 2015

parte II El adiós del aire

Me despedí un poco a mi manera, sin contar demasiado con tu opinión, y saltándome algunos principios básicos del decoro. Me despedí sin ganas contando las galaxias de tu espalda y montando archipiélagos entre tus omóplatos, sin saber, si al volver mi habitación se habría dado la vuelta saltando febrilmente hasta la siguiente hoja de esta historia.
Sin conocer,  ciertamente, si al volver y entonces tú. Tú y tus respuestas vanas, agrietadas con el sabor de una boca extranjera, de una poesía sin terminar y un recuerdo de los que se quedan con ganas.
Sin embargo mañana, mañana y tú, todo mi peso en la recaída, pero ciegamente remando en una patera sin patria ni bandera, un blasón desbordado entre el talento de esa otra autoridad.  tampoco hay  naufragio a la vista en el devenir incurable de las olas y la calentura, solo el mar con su terrible azul clavándose en el frío de tus ojos.

jueves, 5 de febrero de 2015

Todo aire, todo agua.

Te imagino, todo aire, todo agua, como la metamorfosis de una nube magistralmente hermosa, en el centro, en el huracán  de la lluvia que empapa el calor de las noches oscuras.
Quién sabe cuánto de lejos quedará entonces todo lo demás o si algo importará luego.
¿Qué se nos escapa del carpe diem si más tarde todo se repetirá hasta la agonizante súplica de lo cíclico?
Quiero llamar a la cordura y buscar tan solo un argumento que deje de antemano la incesante insensatez de seguir tropezando con el mismo guijarro destartalado.
“Uno no puede elegir la lluvia que le va calar hasta los huesos después de un concierto, comme on pas le choix qui nous reste le coeur". Quizás se trate de una reminiscencia extrañamente marchita dónde tan solo tu nombre me recuerda a otros lugares, a otra época.

Era el conjunto más fascinante de casualidades que nunca conocí poco despierto, despertaba lentamente y mi desvelo juraba que su libertad sería nuestra.
Era un conjunto catastrófico, un secreto a voces de su complicada existencia, y sin embargo apenas si se atrevía a mirarme a los ojos, cuando ensimismado salía lentamente de su mundo para observarme desde lejos como una lluvia suave en medio de una mañana nublada, un par de frases elegidas al azar y cada vez que llegaba todo empezaba a ser diferente, un tinte raro como de posibilidad, se disfrazaba de juego sin azar. Sin demasiado tino, yo trataba de atinar en su encanto pero parecía que nunca terminara de acertar en la diana, solo en parte y muy de vez en cuando. Todo llegará, por descontado, como una conexión extraña entre las partes que se unen. No tanto ya, cargado de extraño misticismo con el que se impregnan mis dudas, sino como una declaración ante la no extrañeza, ante la constatación de un hecho implícito

.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Historias de escaleras.



Las historias de filósofos son siempre historias de escaleras. Peldaños en los que uno, con una pizca de irónico cinísmo y otro poco de lo de más allá va lidiando con sus ascensos y descensos entre el esceptiticismo más febril y la metafísica más convulsa. Y por que, a parte de pensarse subiendo y bajando metafóricas escaleras uno se sienta a liarse un cigarro en ellas día sí y día tambien.

Yo por entonces no sabía nada de todo aquello ni de ninguna otra cosa, estaba echando a suertes mi matrícula en la universidad, lavando mi camisa sucia y, por supuesto, sentandome en las escaleras de debajo de las ventanas. De lejos miraba aquel grupo de " sabemos a lo que venimos" y sin atreverme siquiera a sonreir observaba tu chaqueta de pana, venida a menos, de otros lados y de otra época. Tengo que decir que me pareció, la prenda más fantalubosa y estupéndica de mi nueva realidad..
Demasiado poco a poco -Que no me vean, que por favor no lo entiendan- mi mundo se hizo vuestro, y compartimos más de un cigarro entre las horas muertas y el sol en las barandillas. Y así llegaron la Ontología, el Utilitarismo, y también tu guitarra, y el altar en el que te subí con tus matrículas de honor, tus embelesarme en el desliz de una mano a cada acorde y mi pensar que yo siempre ando por debajo de.
Tu amistad era aquel regalo que me hizo el destino cuando aposté por la filosofía y descubrí el tópico de los bombines a medio lado.
Nunca sonrisas como las de tus conciertos.
Luego se derrumbaron todos mis edificicios y me arranqué aquel sentimentalismo tan mío para tirarlo despues por la taza del water. También quise que tú cayeras y que se acabasen los colores de mis cajas caramelos y las noches con los filólosofos en nuestro piso destartalado.
"Yo no perdono ni olvido".
Sin olvidar salí corriendo para escuchar tus canciones detrás de las puertas, detrás de cada espejo entornado y entonado con tu voz.
Y volvimos a vernos sin saludarnos cada mañana. Y volvimos a encontrarnos en esas noches de cualquiera. Tanto tiempo calló nuestras voz, que cayeron nuestros desencuentros.
Con el instante en los lábios y un par de cervezas de más llegaron en nuestro último año los besos a escondidas en el "Cómo hemos llegado hasta aquí", los susurros de buscarte bajo las sábanas entre las bibliotecas. Ese "hasta mañana" y el no quedarte a dormir porque entonces, ellos, lo sabrían.
Que conste, nunca hablamos de amor.

Y ahora, que has elegido la otra punta del universo para ir a tocar la guitarra, yo extraño los pocos acordes que despertabas en mi ombligo, y me repito, que no, que nunca y menos contigo, y olvido que jamás se habló , y menos de amor, si no de otra cosa, de esa magia de platos rotos y encuentros imposibles.
Ojalá embeleses al mundo con tu música de lugares comunes, y me dejes buscarte un poco más allá de mis recuerdos en los que Granada se quedaba corta entre tus manos.
Descubrirte cada mañana en nuestras escaleras, con tu chaqueta de pana y tus voces del sur.

viernes, 19 de abril de 2013

El aire de tus dedos


Y  aquí estoy otra vez, recordando que el día que conocí al chico de las casualidades lo mismo hacía sol que  de repente llovía, tronaba incluso.
Ahora, hace casi un año aún recuerdo su ingenuidad y sus ganas de enseñarme un mundo  construido a base de barras y estrellas. Un mundo al que yo jamás perteneceré.
Siempre recuerdo cómo se marchó en medio de una mañana nublada. Yo, que para muchas cosas  voy antes de tiempo, también abandoné la estación precipitadamente, con bastante antelación respecto del tren.
Y es que la despedida me resonaba como el caer de una losa, y no pude contener lo que era casi un vaticinio del  diluvio  con el que amenazaba la bruma de esa mañana.

Y siempre que por aquí vuelve a llover recuerdo como cortaban el aire sus dedos y como sentía su cariño en medio de todas mis contradicciones. Y es que veréis, el chico de las casualidades aparece siempre que algo va mal y siempre que abruma la tristeza.  No sé si él lo sabe pero  consigue arrancarme ese llanto que sonríe en medio de mis desvelos. Y es tan dulce su ternura que odio que el amor se me presente como no quiero y entonces casi parece una tortura autoinflingida.
Porque es cierto que podría refugiarme en lo que una vez sentí estando a su lado. Egoístamente inventarme mi castillo y juntar ganas para despegar y partir a conocer la tierra de las oportunidades. Pero no. No puede ser porque  conocí a alguien que nunca está cuando estoy triste y tampoco sabe que provoca la mayoría de mis lágrimas.  Si fuese consciente de ello, seguro que huiría lo más lejos posible hasta alcanzar otros puertos donde desnudarse. Porque a él detesta a los que lloran sin motivos,  Si bien yo tengo los míos, hay una especie de muro que hace que no los comprenda.
Y quizás nunca entienda que le quiero tanto que ni los sueños pueden competir con él.
Por eso es por lo que a veces se me olvida que el chico de las casualidades quiso coincidir conmigo cuando yo, todavía no pasaba por allí.