jueves, 30 de agosto de 2018


   En aquella noche tan clara juraría que cambiamos la historia. ¿Recuerdas cuando todo era sencillo? Fumar un rato en la puerta de un bar cualquiera. Un paseo por nuestros lugares comunes, un abrazo y tus ojos transparentes.
  

   Yo no me di cuenta hasta que la noche nos iluminó con su mirada engañosa, lanzó una moneda al aire y según salía la cruz nos descubrimos ahí. Fue entonces cuando desaparecieron todas las cosas de este mundo y del siguiente.También desaparecieron los relojes y los segundos traicioneros hasta que el sol descendió para hundirnos con él.

  Y desde entonces escribirte en cada silencio, que tú tienes la razón que a mí me falta en las ganas que me sobran. Que quiero pasarme la vida sin que entiendas ni una palabra de lo que digo porque hay cosas que no hace falta entender. Que se saben en cada juego de sonrisas.
Estabas ahí. Tú y tus debates de cualquier cosa. Tus amigos y los míos.
Como algo casi mágico y esa historia sobre los árboles que te impiden ver el bosque.

  Y cómo te explico que no quiero nada de tí, que lo único que quiero es que llegue un viernes corriente con tu espalda a lo lejos y tu mirada tranquila. Tu mano sobre mi hombro y entonces todo va bien. Porque las cosas que buscan su curso no necesariante encuentran su camino. Quizás hasta  por eso se precipite su fin.

   Pero cómo te digo que lo que pasa es que no espero nada. No es que esté muerta, ni bloqueada ni risueña, ni enamorada. Tampoco todo a la vez.

  No hacía falta entender nada cuando todo era más fácil.

miércoles, 25 de julio de 2018

Querido Extraño:
Yo no sé quien eres, sólo sé que vives en Maracena, un pueblo de Granada. No sé si eres hombre, o mujer. Igual eres un adolescente, “amante de los animales” a quién unos padres inmisericordes no le enseñaron lo que era responsabilidad.
Quizás una madre o un padre que ha consentido demasiado a sus hijos e imaginó que compraba un juguete, y una vez dejó de serle útil, lo dejó donde ya no pudiera molestar.
Querido Extraño, yo la quería ¿sabes? La miraba jugar distraída, y me hacía sonreír. Sólo conocía lo peor del ser humano y aun así confiaba en mí. Me hacía sentir más jodidamente especial que cualquier persona que haya conocido.
Y tú, tú la condenaste a la soledad, abandonaste a un bebé que apenas se sostenía, la dejaste allí como uno más de los deshechos que cada día consumes. Me has hecho añicos el corazón.
Eres el terrible monstruo del desencanto.
Ella no te odiaba, porque era un ángel y los ángeles no se ocupan de asuntos mundanos.
Pero yo sí que te odio.
Y ojalá sientas mi rencor clavado en el pecho como yo voy a sentir su ausencia.
Lo que no sabes es que dejándola atrás lo has perdido todo, te has perdido conocer a alguien especial que llenaría tu triste universo de más amor del que puedas imaginar.
No sabes lo bello que hubiera sido verla crecer y conocer sus ganas de vivir, reírte de sus enormes orejas y sus traspiés , de sus ganas de comerse el mundo y de llenar el tuyo de alegría. No la has visto saltar como yo la ví, no verás sus ojos de ébano buscándote cuando piensa que te marchas, ni brincar de alegría cuando te vea volver.
Y te deseo un infierno de pena, la tristeza de una habitación vacía.
No te mereces ni un sólo segundo de los que has pasado con ella.

viernes, 13 de julio de 2018

Uno de tus libros se tiene que acordar de mí.


Hacía sol aquella mañana, aunque era primavera se entreveían las motas de polvo por entre los rayos que se filtraban entre los cristales de la biblioteca. Puede que haga un año. Quizá.
Un compañero miraba un libro distraído a la hora fumar:  “El sentimiento trágico en la historia de no-se-qué”. Y yo, tan filósofa, me puse a mirarlo enrarecida.

Un buen rato estuve colándome entre sus páginas. Disfrutando de lo que en potencia podría ir aprendiendo, mirando de soslayo a Raúl y comentando chorradas un rato más. Hora de entrar.

Rato de estudio y de nuevo descanso, y yo con el libro, leyendo de poco a poco su realidad viva pero inerte. Y entre sus páginas densas, sabiendo que tocaría devolverlo en un rato. Siempre me han gustado las frases subrayadas con lápiz y las muescas en las esquinas porque datan la historia de una historia leída, importante. Un buen texto será subrayado o no será. Y mi propio lápiz dio buena cuenta de mi interés.
Así que yo, perdida entre las líneas trabajadas con grafito comente: -Tiene muy buena pinta ¿De qué asignatura es?
Entonces Raúl me miró con esa cara tan suya que yo nunca interpreto, porque a mí me parece que él sabe más cosas de las que sabe. No sé si me explico. -No se, es de Fede.

Lo cerré. Lo devolví. Otra vez la pesadumbre de pasarme la vida  buscando una sonrisa como la tuya, la vida en un instante que debía ser sólo para mí.

Tan así estuvo la cosa que fui a perderte a parís. Que dejé de escribir entre líneas y entre el buscarte sin querer me defendí del auxilio con uñas y dientes y un vocabulario poco útil. Me comí un caramelo de limón y me hice tan mayor que no pude soportarlo.


Resultó que tu libro no era de la biblioteca. Ni de Raúl. Tampoco mío y menos mal que ya se me olvidó el nombre. Esta fue la forma en que una mañana nos volvió a conectar el tiempo, después  de tanto rato evitando tu cara y mis ganas de saludar. Aunque sólo sea por tu sonrisa o aquella noche tan especial que a veces siento que no terminó nunca. ¿Dónde estarás ahora? Porque te imagino perdido en tu infancia de flores secas a pesar de tu incipiente calvicie. Con la de cosas que tienes que enseñarme y la de cosas que tendríamos que hablar. Empezando por tu libro, y esa marca en la página 73.

sábado, 24 de octubre de 2015

¿Podrás tú rectificar las líneas de mis manos?


Cada vez que escucho esa frase me abstraigo en ti, en todos y cada uno de tus símbolos, de tus tótems. Es entonces cuando sé que no quiero perderme ni una sola de tus facetas, ni una.
Porque si de algo estoy segura, aunque no siempre lo demuestre, eres tú, mi imperativo categórico, mi cogito ergo sum.

Es en ese pensarte como la suma de tus errores que también me encandilas, también eclipsas mis dudas y mis temores, entonces quiero quererte cuando tú más te odies, cuanto más quieras morir, más te querré, para que puedas vivir conmigo, solo conmigo si es lo que quieres.
¿Entiendes?
Como una verdad universal que impregne mis mañanas, como el frío en una mañana nublada. El lugar dónde puedas sufrir o reír sin sentirte  culpable. . El sitio donde puedas extrañarla, donde la extrañemos juntos. El lugar donde puedas ser el tú que elijas  ser.
Déjame estar ahí.

Aunque pienses que no lo entiendo y me subestimes queriendo protegerme, aunque creas que no merezco esto, aunque me enfade y llore de impotencia queriendo cambiar lo que sólo puede cambiar una máquina del tiempo.
Quiero estar ahí.

No hasta que se te olvide que estás triste, no para que me muestres lo mejor de ti; sino estar ahí, y comernos el mundo más pronto que tarde. Concédeme eso, y todo terminará bien, no habrá más ventanas, ni platos rotos, ni una mañana triste que amenace con la sombra del fracaso.
¿Confías en mí?

lunes, 5 de octubre de 2015

Menudo caos ese de mirar por la ventana, en esa elipsis donde lo cotidiano se olvida, solo por un instante, y aparece la sospecha, el engaño claro de una posibilidad disonante.
Y bueno, un huracán furioso en el pecho, una epístola tan clara sobre el deseo, sobre nosotros, dónde lo demás no importe. Donde un abrazo se eternizó una noche cualquiera y entonces como una hipótesis recesiva apareciste, sin dejar demasiado encajado el contexto.
 No quiero tiempo ni me faltan ganas, en cada esquina hay alguien huraño que no se enfrentó con la vida a tiempo, que no le ganó la partida al miedo, que fue egoísta y perdió el sabor de la vida. Eso no seré yo.
 Y viviré por encima de las cosas que alguna vez me contaron.
Ven cuando quieras amor. Me quedo sin prisa esperando...

viernes, 17 de julio de 2015

Si me llego a acostumbrar.


Tú, en este mundo tan raro, 
casi como un misterio irresoluble en ese puzle que siempre anheló mi fantasía. 
Tú, el pronombre que me desgarra de dentro a fuera, 
convulso manifiesto desmesurado de tu existencia finita 
perforando uno a uno los poros de mi piel.

 Y es en ese desconcierto de saberte en el mundo 
cuando me pierdo enredada en el miedo 
que juega al escondite con la patología de la fatalidad.
 
Irremediablemente abocada a la estructura de tu sintaxis, 
en síntesis perpleja de tí,
 imantada magistralmente a tu esencia.
Por eso perdona si la casualidad alguna vez me desata.
Disculpa, si me llego a acostumbrar.

sábado, 28 de febrero de 2015

Parte IV La normalidad

“Y mirá que apenas nos conocíamos y ya la vida urdía lo necesario para desencontrarnos minuciosamente”.
Es curioso cómo se disfraza el mundo de atropellos, cuando a veces, todo es tan sencillo que cuesta imaginarlo de otra forma. Nos besamos, como un hasta luego, espontáneo, sin cautela, como si besarse fuese parte de la rutina en un pasillo inundado de bolsas de basura,  de zapatillas y percheros abarrotados con el devenir de chaquetones desfasados. Como si el gesto fuese lo más sencillo en un ataque nuclear, te acercas, y en tu abrazo, no quedan restos de otra cosa.
Son mis decisiones lo que tengo que sentir, y en un ataque loco de la furia de mi bola de cristal lo supe con certeza, estabas condenado al delirio de sentirte libre a mi lado, al delirio de mis manos en tu ombligo, a no querer marcharte,  a la libertad de mis platos rotos y mis noches en vela.  A mi círculo de andar buscándome entre las madrugadas.
Que digan todo aquello que quieran decir, te he sentido a mi lado cada mañana, he sentido tu discordia y tus desenfrenos. “Te siento temblar junto a mí, como una luna en el agua”.
 Y es mi mano,  quien no acepta consejos,  la que se parte en la parte de tu alma que anda muriéndose de miedo mirando de bruces a la soledad.
Mi mano, jugando en tu ombligo, mi mano en tu mano. Y un beso largo, carente de pánico escénico, en el centro de todo ese plástico resonando extraño, cuando lo que sí que era extrañamente extravagante, era lo otro, aquello que juraba ser todo lo demás.