viernes, 13 de julio de 2018

Uno de tus libros se tiene que acordar de mí.


Hacía sol aquella mañana, aunque era primavera se entreveían las motas de polvo por entre los rayos que se filtraban entre los cristales de la biblioteca. Puede que haga un año. Quizá.
Un compañero miraba un libro distraído a la hora fumar:  “El sentimiento trágico en la historia de no-se-qué”. Y yo, tan filósofa, me puse a mirarlo enrarecida.

Un buen rato estuve colándome entre sus páginas. Disfrutando de lo que en potencia podría ir aprendiendo, mirando de soslayo a Raúl y comentando chorradas un rato más. Hora de entrar.

Rato de estudio y de nuevo descanso, y yo con el libro, leyendo de poco a poco su realidad viva pero inerte. Y entre sus páginas densas, sabiendo que tocaría devolverlo en un rato. Siempre me han gustado las frases subrayadas con lápiz y las muescas en las esquinas porque datan la historia de una historia leída, importante. Un buen texto será subrayado o no será. Y mi propio lápiz dio buena cuenta de mi interés.
Así que yo, perdida entre las líneas trabajadas con grafito comente: -Tiene muy buena pinta ¿De qué asignatura es?
Entonces Raúl me miró con esa cara tan suya que yo nunca interpreto, porque a mí me parece que él sabe más cosas de las que sabe. No sé si me explico. -No se, es de Fede.

Lo cerré. Lo devolví. Otra vez la pesadumbre de pasarme la vida  buscando una sonrisa como la tuya, la vida en un instante que debía ser sólo para mí.

Tan así estuvo la cosa que fui a perderte a parís. Que dejé de escribir entre líneas y entre el buscarte sin querer me defendí del auxilio con uñas y dientes y un vocabulario poco útil. Me comí un caramelo de limón y me hice tan mayor que no pude soportarlo.


Resultó que tu libro no era de la biblioteca. Ni de Raúl. Tampoco mío y menos mal que ya se me olvidó el nombre. Esta fue la forma en que una mañana nos volvió a conectar el tiempo, después  de tanto rato evitando tu cara y mis ganas de saludar. Aunque sólo sea por tu sonrisa o aquella noche tan especial que a veces siento que no terminó nunca. ¿Dónde estarás ahora? Porque te imagino perdido en tu infancia de flores secas a pesar de tu incipiente calvicie. Con la de cosas que tienes que enseñarme y la de cosas que tendríamos que hablar. Empezando por tu libro, y esa marca en la página 73.

sábado, 24 de octubre de 2015

¿Podrás tú rectificar las líneas de mis manos?


Cada vez que escucho esa frase me abstraigo en ti, en todos y cada uno de tus símbolos, de tus tótems. Es entonces cuando sé que no quiero perderme ni una sola de tus facetas, ni una.
Porque si de algo estoy segura, aunque no siempre lo demuestre, eres tú, mi imperativo categórico, mi cogito ergo sum.

Es en ese pensarte como la suma de tus errores que también me encandilas, también eclipsas mis dudas y mis temores, entonces quiero quererte cuando tú más te odies, cuanto más quieras morir, más te querré, para que puedas vivir conmigo, solo conmigo si es lo que quieres.
¿Entiendes?
Como una verdad universal que impregne mis mañanas, como el frío en una mañana nublada. El lugar dónde puedas sufrir o reír sin sentirte  culpable. . El sitio donde puedas extrañarla, donde la extrañemos juntos. El lugar donde puedas ser el tú que elijas  ser.
Déjame estar ahí.

Aunque pienses que no lo entiendo y me subestimes queriendo protegerme, aunque creas que no merezco esto, aunque me enfade y llore de impotencia queriendo cambiar lo que sólo puede cambiar una máquina del tiempo.
Quiero estar ahí.

No hasta que se te olvide que estás triste, no para que me muestres lo mejor de ti; sino estar ahí, y comernos el mundo más pronto que tarde. Concédeme eso, y todo terminará bien, no habrá más ventanas, ni platos rotos, ni una mañana triste que amenace con la sombra del fracaso.
¿Confías en mí?

La Princesa y la Luna.

Erase una vez un mundo cuajado de desencanto  dónde una pequeña princesa  empezaba a crecer en los calabozos de un horrible castillo. Voces extrañas la azotaban cada noche mientras ella jugaba a borbotones sorteando cada nuevo atropello. Y es que la princesa era muy valiente, tan altos eran sus pensamientos que todos los habitantes del reino podían sentirla.
Sin embargo sólo un defecto hacía peligrar sus sueños:  su alma era de cristal. No cesó en su empeño de dejar atrás todas las pesadillas.
Crecía, aprendió los muchos misterios de un mundo aventajado donde lo inmediato jugaba al escondite con lo perecedero y siempre ganaba la partida, un alma de cristal no puede entender los misterios de los hombres, porque resulta que algunos corazones son tan confusos como el tic-tac de un reloj desamparado y sólo el conformismo los empuja a seguir hacia delante.
Algunos de nosotros, súbditos observadores a las puertas de palacio nunca comprenderemos el entresijo de sinsabores que acaecen a aquellos que tienen un alma de cristal, por eso nunca sabremos cómo se conocieron la princesa y la luna. Aquel haz de luz celeste que engatusaba a las niñas soñadoras venía susurrarle cosas al oído cada noche, jugando al pilla pilla conectaban con el deseo de verse la una a la otra.
"Vuelve de entre mis sombras, que quiero verte la cara" clamó desde el cielo una sonrisa de plata. Entonces la Luna, tan caprichosa como constante derribó uno a uno los muros del castillo buscando con celo a la niña hasta reducir a cenizas los cimientos de palacio, ésta se aferró valiente a su luz y dió color a sus mejillas.

"Y ahora que nadie sabe dónde estas te busco entre recuerdos atormentados sin el sonido de tu risa, ojalá la luna nunca se hubiese prendado de tu rubor..." 

lunes, 5 de octubre de 2015

Menudo caos ese de mirar por la ventana, en esa elipsis donde lo cotidiano se olvida, solo por un instante, y aparece la sospecha, el engaño claro de una posibilidad disonante.
Y bueno, un huracán furioso en el pecho, una epístola tan clara sobre el deseo, sobre nosotros, dónde lo demás no importe. Donde un abrazo se eternizó una noche cualquiera y entonces como una hipótesis recesiva apareciste, sin dejar demasiado encajado el contexto.
 No quiero tiempo ni me faltan ganas, en cada esquina hay alguien huraño que no se enfrentó con la vida a tiempo, que no le ganó la partida al miedo, que fue egoísta y perdió el sabor de la vida. Eso no seré yo.
 Y viviré por encima de las cosas que alguna vez me contaron.
Ven cuando quieras amor. Me quedo sin prisa esperando...

viernes, 4 de septiembre de 2015

Aclárame el cielo, pequeña.

Mi niña, mi dulce niña del cielo. No sé qué hacer.
Todo parece un desastre momentaneo, casi como un huracan de ceniza, justo en el centro de la perfeción y los platos sucios.
No sé qué hacer, hace un año que te fuiste y mis pocas certezas claman al único dios que conozco y ni por asomo encuentro metáforas para traerte de vuelta.
Me desmiento a mí misma cuando pienso que si estuvieses aquí todo habría sido diferente.
Ojalá hiubieses sido mía desde el principio: ¡te habría querido tanto que las estrellas dejarían de brillar con tu sonrisa!
 Ahora mi cara es un revuelo de preguntas y a veces parece que sólo tocándole empaño tu recuerdo.
No sé como alcanzarle, durante esas noches tan claras, tan llenas de lucidez, cuando se me pierde en los brazos pensando un poco tí. Tan despacito que le cuesta respirar.
Tu padre te quiere tanto... Que no se atreve ni a pensarte y yo no sé que hacer.
Entonces hablo contigo, que sé que estás en algún lugar de las cosmogonías rogandote que se me aclaren las dudas y encuentre algo que decir. El valor suficiente para darle un beso, aunque no tenga derecho a pensar que hubo un trocito de él que se me escapó de las manos sin conocerle.
  Estás allí donde no queda tiempo, aclárame el cielo, pequeña, que se me pasan las nubes y me quedo sin respuestas.
Sin saber qué debo sentir.

viernes, 17 de julio de 2015

Si me llego a acostumbrar.


Tú, en este mundo tan raro, 
casi como un misterio irresoluble en ese puzle que siempre anheló mi fantasía. 
Tú, el pronombre que me desgarra de dentro a fuera, 
convulso manifiesto desmesurado de tu existencia finita 
perforando uno a uno los poros de mi piel.

 Y es en ese desconcierto de saberte en el mundo 
cuando me pierdo enredada en el miedo 
que juega al escondite con la patología de la fatalidad.
 
Irremediablemente abocada a la estructura de tu sintaxis, 
en síntesis perpleja de tí,
 imantada magistralmente a tu esencia.
Por eso perdona si la casualidad alguna vez me desata.
Disculpa, si me llego a acostumbrar.

sábado, 28 de febrero de 2015

Parte IV La normalidad

“Y mirá que apenas nos conocíamos y ya la vida urdía lo necesario para desencontrarnos minuciosamente”.
Es curioso cómo se disfraza el mundo de atropellos, cuando a veces, todo es tan sencillo que cuesta imaginarlo de otra forma. Nos besamos, como un hasta luego, espontáneo, sin cautela, como si besarse fuese parte de la rutina en un pasillo inundado de bolsas de basura,  de zapatillas y percheros abarrotados con el devenir de chaquetones desfasados. Como si el gesto fuese lo más sencillo en un ataque nuclear, te acercas, y en tu abrazo, no quedan restos de otra cosa.
Son mis decisiones lo que tengo que sentir, y en un ataque loco de la furia de mi bola de cristal lo supe con certeza, estabas condenado al delirio de sentirte libre a mi lado, al delirio de mis manos en tu ombligo, a no querer marcharte,  a la libertad de mis platos rotos y mis noches en vela.  A mi círculo de andar buscándome entre las madrugadas.
Que digan todo aquello que quieran decir, te he sentido a mi lado cada mañana, he sentido tu discordia y tus desenfrenos. “Te siento temblar junto a mí, como una luna en el agua”.
 Y es mi mano,  quien no acepta consejos,  la que se parte en la parte de tu alma que anda muriéndose de miedo mirando de bruces a la soledad.
Mi mano, jugando en tu ombligo, mi mano en tu mano. Y un beso largo, carente de pánico escénico, en el centro de todo ese plástico resonando extraño, cuando lo que sí que era extrañamente extravagante, era lo otro, aquello que juraba ser todo lo demás.